Viajando en el tren soviético

Diario UNO, 2 ene 2008, Señales.

La servidumbre abolida
En Hacia la revolución. Viajeros argentinos de izquierda (FCE, 2007) se reproduce este escrito en el que el intelectual comunista Elías Castelnuovo relata su periplo en un tren soviético. Allí toma contacto con el pueblo y sus modos de ser.

Propaganda. “La Ponderosa, locomotora”, de 1931, cartel soviético con publicidad donde se muestra la vitalidad de las máquinas ferroviarias.

Diario Uno
info@diariouno.net.ar
El tren comienza a recargarse de pasajeros. Cada persona que sube trae consigo un equipo completo, como para trasladarse, no a Moscú o a Leningrado, sino a Byro Bidyan o al Polo. Dado que fue abolida la servidumbre, cada cual tiene que cargar con su equipaje, sea él un obrero o un capitán.El ruso jamás viaja solo. Si tiene un perro o un gato, naturalmente, se lleva al gato y al perro consigo. Si tiene un pajarito o un lechucín, allá va muy orondo, con su jaula y sus dos animales. Con la misma naturalidad que embarca en el campo, luego desembarca en la ciudad. Después del perro o del gato o del lechucín, viene el maletaje. Es de rigor, en primer término, llevarse uno que otro cofre de lata. A continuación, uno que otro baúl de madera. Enseguida, un colchoncito y una almohada. Finalmente, un fardo de ropa. El hábito de cargar con el colchoncito o con la camita al hombro está, por lo visto, muy generalizado. Lo veremos más tarde en la metrópoli y entre la gente mas calificada: profesores, comisarios, comandantes, literatos, etc.

De manera que el camarote del tren que tiene capacidad para cuatro personas se llena totalmente cuando penetra en él un ruso, suponiendo que el que esté primero sea un extranjero. Es de imaginar lo que sucede cuando atrás de uno entra otro, hasta completar el cuarto. Lo más frecuente es que la gente viaje en los pasillos, mientras el equipaje marcha, un bulto encima del otro, cómodamente sobre los asientos.

A la cuarta estación, el vagón, más que vagón, parece un carro de mudanzas.

Los pasajeros, como digo, toman asiento en cualquier parte. Unos, en el marco de la ventanilla. Otros, sobre el estribo del pescante. Otros, en el piso del coche. La comunicación entre ellos es continua. Si el coche no fuese trepidando se supondría estar en una reunión de campesinos.

Imaginemos por un instante a un cajetilla, a un doctor, a un literato empacado de genio, ahíto de cuello y de individualidad, o a cualquier personaje pingorotudo, caído repentinamente entre semejante familia, tan confianzuda, tan despreocupada, que trata a éste igual que a aquel, aunque aquel se llame Stalin y éste Barbagelata y deduzcamos la impresión…

Se ha suprimido el coche comedor. Para comer hay que bajar a tierra y hacerlo en un restaurante del Estado, donde es indispensable presentar el boleto; o llevarse la comida consigo. La gente opta, ordinariamente, por lo último. Cada cual conduce, entonces, a más de lo que dejo consignado, una canastita…

Si la gente de abajo come como la gente de arriba, hay que declarar que el pueblo ruso come demasiado.

Una mujer saca una sardina de un bolso y me convida. Me disculpo alegando una enfermedad en el estómago, que, en efecto, padecía, pero que a fuerza de comer salchicha y mostaza en Alemania, una salchicha singularmente explosiva, se me ha pasado.

Otra mujer extrae un arenque ahumado y me convida también. Le digo que no y ella entiende que sí, y encima del arenque me tengo que devorar luego una torta de coles y una albóndiga de pejerrey o de mejillones peor que la mostaza de Prusia. El ruso que yo hablo o que champurreo me va resultando de lo más contraproducente. O, por lo menos, produce en Rusia los más raros efectos. El idioma posee unos matices tan complejos que a menudo sí significa no y viceversa. Existe, por ejemplo dos maneras de dar las gracias. Y es a saber: gracias, sí y gracias no. En su defecto, las gracias carecen de significado.

Salgo al corredor y comienzo a conversar con la gente. Vale decir: me decido a tomar parte en la susodicha asamblea general. No lo hice antes por temor a que en vez de hablar ruso, el ruso que aprendí gramaticalmente en la Argentina, sin el auxilio de nadie, me saliera chichimeco o mataco o un idioma cocoliche que no lo comprendiese nadie.

Entender, lo entiendo relativamente bien. Pero se ve que al hablarlo lo asesino magistralmente, pues con cada uno que entablo conversación, me pregunta indefectiblemente si yo vengo de Oceanía.

Me limito entonces a indagar y a escuchar.

–Ahora, sí que estamos bien –me confiesa la mujer de la sardina, sonriendo y masticando–. Hemos pasado muchas privaciones. En la época de la guerra civil, no comíamos más que pan hecho con yuyos y bichos. A cada rato invadían el territorio y nos robaban toda la comida.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: