La vida junto al tren y el arte en El Bermejo

Diario LOS ANDES, Mendoza. 26 de mayo 2008

Los vecinos de la pequeña comunidad de La Lagunita convirtieron los galpones ferroviarios en centro cultural.

Juan Manuel Gatti – jgatti@losandes.com.ar

Ubaldo Aguilera. El vecino más querido.

Dieron las seis de la tarde del miércoles y un tren carguero atravesó ocasionalmente el carril Mathus Hoyos, pasando de largo por la antigua estación La Lagunita. No se detuvo, sino en las pupilas de Don Aguilera, quien vio en cada vagón que se paseaba con indiferencia frente a él, postales del barrio La Lagunita: una comunidad que, superando su historia ferroviaria, quedó guardada entre las viñas de El Bermejo como un secreto, como una perla que invita a un viaje en el túnel del tiempo hacia la Mendoza de cien años atrás.

Luego de pasar el tren, las barreras -algo venidas a menos- se levantaron dando paso a los autos del carril; y el paraje retomó la calma y el aspecto actual. Claro que no difiere mucho del que presenta cualquier asentamiento urbano apostado sobre una estación de trenes, aunque, si se mira a través de las personas que la habitan, saltan las diferencias con cualquiera de esos nostalgiosos pueblos que quedaron en el olvido tras la desaparición de la actividad ferroviaria. “La Lagunita sigue viva”, coinciden sus vecinos.

Y se lo puede ratificar con tan sólo dar una vuelta por barrio -que como mucho está compuesto por siete manzanas. La entrada principal es una calle de tierra ubicada en el costado sur de las vías (Lisandro de la Torre), la cual cuenta con una característica que terminó siendo el leit motiv cuando se escogió el nombre del vecindario, según comentan los habitantes de la zona.

Se llena de agua simulando una laguna. “Yo creo que le pusieron Lagunita porque esta calle, desde siempre se inundó. Dicen que el problema es el desagüe de un zanjón proveniente del canal Cacique Guaymallén”, afirmó Carlos Romano (86), quien es uno de los vecinos más antiguos de Lagunita -hace más de cuarenta años que vive ahí.

Apenas se ingresa por el lodazal, puede divisarse, a la izquierda, las primeras viviendas; y a la derecha la antigua estación de trenes. Curioso es que la misma no luce como los andenes abandonados de cualquier otra estación, sino que es aquí en donde se empieza a vislumbrar el espíritu del lugar. Graffitis y grandes dibujos adornan sus paredes.

De hecho, tan importante es la impronta artística que tiene el lugar, que estos galpones que alguna vez fueron depósitos, ahora fueron transformados en centro cultural. Y al lado de los mismos, se encuentra la vivienda de Don Ubaldo Aguilera (ver aparte), quien hace las veces de cuidador.

“Estos galpones se consiguieron por medio de la unión vecinal. Ahí se dictan desde talleres de títeres, hasta clases de folclore. Todo es gratis. Eventualmente se organizan reuniones y espectáculos a la gorra en donde ese invita a gente de todos lados”, comentó entre mate y mate, Silvina Falco, una de las coordinadoras de las actividades del galpón.

Alrededor de estos antiguos depósitos pueden encontrarse a dos de los personajes más queridos por la localía. Se trata de Juan Carlos y Felipe, los placeros encargados de cuidar el espacio verde que lleva también el sello de los vecinos. Pues, antiguamente fue un cañaveral que se extendía desde Lisandro de la Torre hasta las vías. “Esto lo gestionaron los vecinos. La idea es que acá mismo, del otro lado de la estación se pongan canchas de fútbol y de bochas”, comentó Juan Carlos a Los Andes.

Este predio tiene una extensión de tres cuadras, al igual que Lisandro de la Torre y por ende que la Lagunita. El final de esta calle está marcado por el ex trozadero Lagunita que se encuentra, actualmente abandonado (ver aparte). Al costado del mismo, casi sobre las vías, un asentamiento inestable de unas siete familias comienza a tomar forma.

Arte ecologista

Así como sucedió con los galpones, los vecinos utilizaron el arte para salir en defensa del medio ambiente. Sobre el costado norte de las vías (calle Aristóbulo del Valle), pueden vislumbrarse unos cuantos muñecos hechos con basura. Latas vacías, tarros de lavandina, pelotas desinfladas, todo vale. Sobre ellas, carteles con mensajes ecologistas indicando algunos sectores del barrio como por ejemplo: “Paso del Toro. Cuidemos la limpieza”.

Silvina afirmó: “Los muñecos los hicimos con gente de acá en los talleres. Por lo menos es una propuesta simpática para que la gente se cope no tirando basura. Antes esta calle era un basurero. Una vez que se limpió se le pusieron estos mensajes”.

De pura cepa

La moderna impronta artístico-ecologista de Lagunita se conjuga con algunos otros elementos que llaman la atención obligando a mirar hacia el pasado. Por momentos, cuando se está entre las callecitas internas del barrio, se pueden ver elementos de la Mendoza antigua, de la de siempre. Parrales sobre los veredines, portones de chapa, una pequeña bodega llamada La Mantilla y patios con alambrados forman parte del paisaje.

Ya en el corazón del barrio, sobre calle El Plumerillo (una cuadra de extensión), se encuentra uno de los puntos más descriptivos de la idiosincrasia del lugar: el bar de Secotaro. Una vieja taberna de más de 40 años a la cual concurrían los empleados del trozadero y algunos personajes de la zona.

Esta misma calle desemboca en Avellaneda, la cual es la continuación de la misma Avellaneda que muere en Mathus Hoyos. Este es un dato sin mayor importancia, pero luego de escuchar a Ana (77), toma otro valor. “Las cartas nunca llegan, la calle Avellaneda está cortada y los carteros siempre buscan la dirección del otro lado de Mathus Hoyos.

Es un tema que nunca pude solucionar aunque me tome el trabajo de dar la dirección como Avellaneda 2, por Plumerillo”, remató, mientras una enorme cantidad de animales pataperrea entre las viñas bajo la tenue luz que dan dos lamparitas (el único alumbrado público) de esas que están colgadas de un cable sostenido a ambos lados la calle.

De La Pampa a Mendoza y una pasión

Al lado de los galpones del ferrocarril hay una pequeña casita. En la misma vive Don Aguilera (como le llaman cariñosamente los vecinos de La Lagunita), cuyo nombre salió al ruedo en cuanto Los Andes comenzó a preguntar a los vecinos por el ser más querido de la zona.

Mate en mano, Ubaldo compartió anécdotas de su vida, que comenzó en un pueblo ferroviario de la provincia de La Pampa 77 años atrás. Según comentó, vino a Mendoza para realizar el servicio militar en Tupungato, y tuvo posibilidad de conocer a Perón, cuenta con orgullo.
 
Luego, rumbeó para Dolores (Buenos Aires) en donde trabajó en el ferrocarril llegando a obtener el carnet de conductor de locomotoras. Finalmente, hace más de quince años, vino a Mendoza para establecerse en El Borbollón y luego en La Lagunita.

Está encargado de cuidar los galpones. “Los vecinos me dieron esta casa (en épocas vivió en los galpones) y me ayudan siempre, ya que sólo cobro una pensión muy pequeña”, afirmó don Aguilera.

Y remató inflando el pecho y señalando un cartel pegado a la pared de su casa: “Ese cartel dice Lagunita, y yo lo tengo en mi casa. Y cada vez que pasa el tren ¡me vienen unos recuerdos..!”.

La fábrica abandonada

La historia del barrio está íntimamente ligada a la del antiguo trozadero Lagunita, el cual permanece cerrado desde hace más de diez años. Éste fue uno de los mataderos más grandes de Mendoza, llegando a vincular a más de cuatrocientos trabajadores, muchos de los cuales formaron una cooperativa de trabajo para reabrirlo.

Su edificio, ubicado estratégicamente cerca de la estación Lagunita, actualmente se encuentra muy venido a menos tanto por el abandono como por los saqueos.

“Para nosotros era la vida. Lamentablemente algunos problemas de administración lo llevaron a presentarse en quiebra. Ahora, algunos ex empleados hemos conformado una cooperativa para recuperarlo. El proyecto ya está armado, sólo tenemos que solucionar algunos inconvenientes legales que quedaron de la quiebra.

En este espacio queremos no sólo reactivar el trozadero, sino que también queremos colocar ahí mismo un panadería industrial que funcione durante las 24 horas. Con esto se pretende dar trabajo a más de 150 personas”, comentó Don Cacho, un ex empleado de la fábrica.

El bar de Secotaro

Para entender acerca de la historia de La Lagunita, y para contagiarse de las cosas del lugar, la cita obligada es en la cantina de Secotaro. Un mostrador, una heladera de las de antes y una habitación de pocos metros cuadrados con las paredes desnudas es el escenario.
 
La historia: la que surge en las charlas de la muchachada que se da cita todos los días para apurar un vermú y contar anécdotas, como lo hicieran cuarenta años atrás. Parece una de esas tabernas de los cuentos, pero en este caso, los personajes son bien reales, y de la Lagunita. Ellos son Cacho, Ramón, Rodolfo, Miguel (El Gordo), Chacón, Pepe y el otro Miguel.

“Se juntan todos los días a charlar macanas y a ver los partidos de fútbol (algunos vienen desde las viejas épocas). Lo mismo que hacían los empleados del trozadero hace varios años atrás. Por ahí, los que cubrían el turno de la noche salían de trabajar y se quedaban acá todo el día hasta que les tocaba entrar de nuevo al trabajo.

Claro que ya no es lo mismo de antes, cuando el bar lo manejaba mi papá (Juan), había hasta una cancha de bochas. Pero cuando él murió sólo quedó la cantina”, comentó Rosa, quien atiende el bar en compañía de su mamá Elvira.

 

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