Los pueblos olvidados

Diario Los Andes, Mendoza. Editorial.

27 de agosto de 2008

Es difícil la situación que viven los pobladores de Ñacuñán, en Santa Rosa, como consecuencia de la desaparición del ferrocarril. Un problema que afecta por igual a centenarias poblaciones que crecieron a orillas de las vías ferroviarias y que necesitan que las autoridades tomen medidas para solucionar esa situación.

Días pasados, una nota de Los Andes hacía alusión a la situación que vive Ñacuñán, una localidad ubicada a un costado de la ruta 153, a 89 kilómetros al sur de Las Catitas, uno de los tantos pueblos del desierto, olvidados y condenados a la desaparición luego de que dejara de funcionar el ferrocarril.

Ñacuñán vivió precisamente del ferrocarril -era uno de los lugares donde las formaciones de trenes se detenían a cargar agua- y tuvo su auge cuando se procedió a la pavimentación de la ruta que une los departamentos de Santa Rosa con General Alvear y a la que se le dio el nombre de “camino ganadero”. Precisamente, la gente del lugar fue contratada también por la empresa constructora.

Sin embargo, con la ruta ya concretada, el pueblo ha quedado circunscripto a unas pocas casas, una plaza sin bancos, el centro de salud y la escuela albergue. El médico concurre a la zona una vez por semana; hay dos policías por turno con un móvil que necesita urgentes reparaciones, y para que los chicos de la zona puedan estudiar el secundario deben dirigirse a Santa Rosa, tomando el colectivo a las 5 de la mañana y retornando a las 10 de la noche.

Uno de los habitantes resume con meridiana claridad su situación: “Yo trabajaba en los trenes de San Luis, pero salió una vacante y me vine para acá. Lo malo es que la gente se está yendo porque desde que cerró el ferrocarril casi no hay trabajo”, señaló, recordando que Ñacuñán nació como pueblo en 1951, a orillas de las vías.

Esa localidad santarrosina constituye en los hechos sólo un ejemplo de lo que le sucedió a miles de pueblos que crecieron a orillas del ferrocarril.

Cada uno de ellos fue desapareciendo, como los que se encontraban a lo largo de las vías del Belgrano, en el norte de Córdoba y de La Rioja, que vivían de vender artesanías y alimentos regionales a los pasajeros cada vez que el tren se detenía, por pocos minutos, en algunas de las estaciones.

La situación también se advierte en poblaciones más importantes, como sucedió con Palmira, que era el centro de los talleres del San Martín, junto con Junín de Buenos Aires, o con Monte Comán, una de las localidades más pujantes del sur mendocino cuando concentraba la producción de la zona para la carga en el ferrocarril.

Según se afirma, a raíz del desguace de los ferrocarriles el país perdió 146 trenes de corta y media distancias, dejando inactivas 492 estaciones ferroviarias, alrededor de las cuales crecieron muchos pueblos que ahora son prácticamente lugares fantasma.

Sin embargo, mientras el Interior observaba el cierre de ramales, desaparecían polos generadores de trabajo y se estropeaban estaciones porque el ferrocarril daba déficit y sólo se podía mantener con aporte del Estado, el Gobierno nacional mantiene sólo la red ferroviaria de Buenos Aires y Capital Federal, con impresionantes subsidios.

Ello determina que vuelva a ser el interior del país el que realiza el aporte para solucionar los problemas del centralismo porteño.

Si bien el golpe definitivo al ferrocarril en el Interior lo dio el gobierno de Carlos Menem cuando decidió la suspensión de los servicios de pasajeros de mediano y largo recorridos en las seis líneas troncales con que contaba por entonces la empresa Ferrocarriles Argentinos, otros señalan que la decadencia ferroviaria comenzó con una huelga dos meses, que se produjo a fines de la década del ’50, lo que provocó que durante ese lapso tomara fuerza la utilización del transporte de camiones para el traslado de mercaderías.

Los técnicos aseguran que en muy pocos lugares del mundo los ferrocarriles son rentables, indicando además que los gobiernos impulsan el mantenimiento de las redes porque es la única forma de mantener activas poblaciones que sin ese medio de transporte desaparecerían.
Expresan también que el servicio de trenes descomprime las rutas, es más seguro y constituye un medio de transporte menos contaminante.

Contando con la infraestructura -las vías se mantienen y habría que acondicionar estaciones- debe recuperarse el servicio ferroviario en forma eficiente, para bien de la economía y también de muchos pueblos que, de continuar la actual situación, literalmente desaparecerán.

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