Un paseo por el cementerio de todas las despedidas

Ulises Naranjo / MDZ.
Es el lugar más mágico de la ciudad. Es un lugar de todos, pero también un lugar de nadie. Es un tesoro en pleno centro de Mendoza, un espacio para la cultura, pero también para la oscuridad y el abandono. Te invitamos a dar un paseo por un lugar que seguramente despertará tus recuerdos.

Erguido sobre dos patas torpes, sudando como un cristo en el desierto, inclinando su flamante humanidad contra la piedra húmeda, un hombre, quizás una mujer, dibuja animales, dibuja manos abiertas, dibuja cazadores con los brazos alzados hacia el cielo y lanzas que cortan el aire como el cuchillo de dios las páginas de una historia en blanco.

En ese momento, para él nada existe más allá de la boca de la caverna. Sin embargo, a pesar de su consagración del instante, el mundo se manifiesta franco como la paloma de un mago, el planeta todo se revuelve sobre sí mismo y se va entregando a otra noche, mientras el hombre, quizás la mujer, no ve concluida su tarea que promete ser eterna.

No hay ciudades, no hay aceros, no hay escrituras y por ende no hay libros ni matemáticas ni pecados; tampoco hay Evas o Adanes, ni caballos mansos ni agriculturas. Hay un  hombre, una mujer quizás, tallando en la piedra o dibujando con pigmentos algo insospechado: el pasado y el futuro del hombre, dos eras en un mismo instante.

No sabe el mensajero que esa misma fuerza primal, genuina, lúdica, casi absurda, que ejecuta está llamada a cambiar el destino del mundo.

Y que, a fuerza de tanto cambio, permaneceré inalterable, siempre sorpresiva, inventándose a sí misma e inventando al ejecutor de cada obra e inventando finalmente el sentido de la vida.

Es el arte, amigos, esa intensa necesidad, esa necesaria intensidad: el único discurso posible del mundo.

Cosas al viento

¿Qué habrá sentido aquel hombre primitivo –aquella mujer primitiva, quizás– al contemplar la obra que trabajosamente logró enhebrando venas de las piedras?

No lo sabemos, pero algo es seguro: buscaba eternidad, quería que su mensaje atravesara los tiempos y lo logró. Y su ejemplo fue imitado.

Resultó que aquellas percusiones sobre la piedra, aquellas erosiones divinas, aquellos pigmentos minerales mezclados con grasas de animales duraron más aún que sus propios dioses y las cenizas de todos sus pueblos fagocitados por el tiempo.

Pasados los miles de años del caso, el arte fue encontrando territorios para perfeccionar sus discursos y mantener su hondura.

Ahora, las paredes siguen hablando y los artistas –ahora callejeros– siguen diciendo sus cosas al viento.

Coqueteo con lo efímero

La estación de trenes de Mendoza es el lugar más mágico de la ciudad, uno de esos sitios en los que el tiempo se ha quedado paralizado en su propia siesta.

Quienes ya tenemos un par de años más de los que corresponde, todavía recordamos aquellos vagones repletos de despedidas, aquellas bocinas diciendo adiós sin elegancia y los hermosos paisajes del país desde sus neutras ventanillas.

Ahora, hay muchos que quieren hacer que los trenes regresen. Y mientras tanto la estación y sus graffitis aguardan el momento en que alguien los oculte quiera hacer ejercicios de pulcritud, decencia o condena y ya no se repliquen sus mensajes.

Como los petroglifos o las pinturas rupestres, los graffitis o grafitos también buscaron eternidad, aunque sabiendo que no la conseguirían, por la sencilla razón de que las paredes de las ciudades y la paciencia de los hombres duran de pie muchísimo menos que las piedras.

Es más: es propio de la naturaleza del graffiti –como la del dadá o la del haiku– el coqueteo con lo efímero.

Las voces de la ciudad hablan, pero nunca se prolonga ese discurso y siempre hay gente dispuesto a silenciarlo. Por eso, es un arte subrepticio, rebelde, revolucionario, inconveniente, necesariamente político y nada académico.

Y así es, desde los muros de Filadelfia a los de la Antigua Roma y también los de Berlín, Londres, Tijuana, Port Moresby, Potosí. Casablanca y Mendoza.

Vamos a conocer un caso en particular. Bienvenidos al proyecto cultural Casa América, una avanzada cultural que agoniza con gloria.

Casa América

Nuestra vieja estación de trenes fue testigo del proyecto cultural Casa América.

Básicamente, sucedió así: en 2006, un grupo de artistas y actores sociales se planteó una serie de objetivos haciendo foco en nuestra estación de trenes.

La idea fue ocupar el espacio público –en concreto, lo hicieron– como forma de impedir que, ya definitivamente, manos privadas se convirtieran en dueñas de un lugar que ya “es de todos” y que la cultura ciudadana ganara un espacio y que volvieran los trenes, nada menos.

“Casa América vivió un proceso interesante de varios años y ahora evaluamos que llegó el momento de terminarlo, porque los objetivos están cumplidos”, considera Cristian Yunes, uno de los artistas autoconvocados en la estación.

A lo largo de estos años, Casa América llevó adelante diversos talleres –candombe, historia del lugar, malabares, sikus, arte digital, tela– y se supieron hacer cuatro celebraciones importantes por año: Carnaval, Quema del Tiempo, La Fiesta de Payasos y El País de los Juegos. Se dio lugar también a un DVD y a una obra de teatro: “Y usted también espera el tren”, creación colectiva del grupo Intervenciones Urbanas, coordinado por Yunes y el actor Gonzalo Aranda.

Mirá este video de Javier Correa sobre esa obra:

Los artistas, incluso, llegaron a vivir un mes allí, pero, pronta y eficazmente, los echaron a patadas.

“Con el tiempo otras organizaciones también se fueron sumando. La intención siempre ha sido defender las 36 hectáreas. En una tarea en la que coincidimos con sindicatos, universidades y organizaciones sociales. Sin embargo, lo nuestro ha sido siempre más cultural que político, sin dejar de ser político”, explica Yunes.

¿Qué será de todo aquel esplendor de lo efímero?

Pues la condición de lo instantáneo es, justamente, desaparecer para consagrarse y así será. Este sábado, a partir de las 20.30, Casa América apunta a su última actividad, cuando festejen el Carnaval. Prometen que habrá murgas, teatro, música, malabares, telas y un cierre a todo trapo, con un baile de disfraces.

Un buen día, como en un poema de Pessoa, desaparecerá nuestra estación de trenes y con ella la ciudad donde fue erigida y hasta Internet se vendrá a pique como un Torre Gemela besada por un meteorito.

Al día siguiente, con el nuevo amanecer, una nueva forma de vida moverá los escombros de lo que fuimos.

Como si despertara de un sueño que le resulta ajeno, un mono se levantará sobre sus dos patas e iniciará su peregrinaje hasta que aparezca una nueva caverna donde estampar las siluetas de lo eterno.

Esos primeros graffitis, otra vez, comenzarán a inventar a dios.

Apéndice: Galería de imágenes

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