Quiero mi trencito

LA VIDA SECRETA DE LOS FERROMANÍACOS

Son gigantes que juegan con miniaturas. Los fanáticos de los trenes a escala fundan clubes y hermandades; tienen locales, publican revistas especializadas y gastan fortunas sin que se enteren sus esposas. Les molesta que les digan que juegan, para ellos se trata de un arte mayor.

En: Crítica Digital Suplemento Vitamina C                                    Por Cicco     04.03.2010

Historiadores. Los ferromodelistas distinguen estaciones según la empresa que las construyó. (Leandro Sánchez)

Qué catzo es un hobby? ¿Por qué hay gente que no tiene hobby alguno? ¿Qué le sucede? ¿Y por qué hay gente que sí, y que abraza el pasatiempo como una telaraña de baba? Si se lo piensa objetivamente, un hobby es algo dentro de un adulto que no puede crecer. El tenis no es un hobby, por ejemplo, es un deporte. Al igual que el fútbol. Y hasta no deberían incluirse en el rubro hobbie, a los juegos de mesa, de barajas ni siquiera a dormir la siesta. Un hobbie en un adulto es como un juego para un niño lleno de mañas, caprichoso, que peina canas y, lo que es más importante, con dinero disponible. A veces mucho.

Dentro de todos los hobbies de grandes, hay uno en particular que está más vigente que nunca. Está atiborrado de clubes –más de 70 en el país–, hermandades, importaciones, casas especializadas, revistas. Una actividad que, según entendidos, es el hobbie más completo que existe, pues, además del culto al niño interior, combina pintura, decoración, electrónica digital, carpintería, investigación histórica, geográfica y mecánica de precisión.

Tal vez a usted que no anda en el rubro hobby, y es un adulto hecho y derecho, toda esta historia que sigue le provoque un ataque de risa. Piensa que es cosa de niños. Y lo es. Y, a su vez, no lo es.

El de los trenes a escala es uno de los pasatiempos adultos más cotizados, pudorosos y excitantes de la historia. Lo practicaba Walt Disney, Frank Sinatra, que tenía 16 habitaciones destinadas al hobby y ahora lo practica Rod Stewart. Un gerente de Bunge & Born posee 1.500 locomotoras y cinco mil vagones y, si éste, como le decía, no fuera un hobby pudoroso, podría dar su nombre y apellido aquí sin ningún problema, algo que a él le habría de encantar. O aquel gerente de IBM que invitó una vez a un grupo de ferromodelistas –técnicamente los amantes de los trenes a escala minúsculapara que vieran sus 28 formaciones automáticas arriba de una maqueta reconstruida al mínimo detalle, todas digitalizadas y con un solo control. “Y eso era lo que tenía arriba de la maqueta”, recuerda un testigo de aquella epopeya sobre rieles. “Andá a saber lo que tenía el tipo abajo”.

En la iglesia Las Victorias, sobre la calle Paraguay, el padre Eduardo atesora en el sótano una maqueta de nueve metros hecha, entre misa y misa, con sus propias manos, por donde circula su colección completa de trenes eléctricos. Y un millonario, vecino del country Los Cardales, destinó toda la planta baja de su casa para una maqueta faraónica de trenes. “El tipo los controla desde una cabina arriba vidriada”, dicen los que lo vieron, “donde también tiene un dormitorio y una kitchenette, y nada más”.

En los clubes especializados, dicen que el ex legislador Jorge Giorno, hoy director de la Corporación Antiguo Puerto Madero, es un amante tapado de los trencitos. Y a mayor escala, los ferromodelistas juran que el vicepresidente Daniel Scioli tiene un galpón en San Pedro donde, aseguran, tendría una ciudad en miniatura hilada con trenes de primera línea más pequeños que un Playmobil.

“El ferromodelismo es como tener una amante. Uno nunca blanquea cuánto gasta”. El que habla se llama Rodrigo Linares, es ingeniero electrónico, tiene una empresa de equipamiento médico, y, en los ratos libres despunta el vicio del trencito y pide, por favor, que le hagan todas las fotos que quieran a sus muñequitos –porque, vamos a decirlo con sinceridad, estos son muñequitos por más que los tengan gente de más de 30-, pero él preferiría salir en segundo plano. “Me da un poco de vergüenza las fotos”, explica. Además, para no pecar de derrochador, Linares tiene tienda propia –mercadodetrenes.com.ar– desde la que importa locomotoras y vagones, los arregla a mano, y con el precio de reventa, equipa su propia pasión.

“Acá me los sacan de las manos. Hay mucha gente que gasta más de lo que le da el sueldo, o que se compran un tren de 500 pesos y no tienen para pagarse una remera de 50. O están tan fanáticos que tienen gastos reservados y ahorran 20 pesos por mes para comprar un tren. O el llamado club internacional de Intruders, que reciben catálogos especiales desde Alemania y les venden diseños exclusivos. Pero hay algo que suele repetirse: la mayoría nunca confiesa el
precio real de lo que compra a sus esposas”.

A los trenes que le llegan, Linares les pone su propia tecnología. “Ahora estoy ofreciendo decoders de ruido, donde a cada locomotora le pongo el sonido que le corresponde al motor, sus dos bocinas, y que coincida la velocidad con el propio ruido de la aceleración. A veces, me voy a grabar a los trenes in situ para captar el sonido. No, esto no es joda”.

Descargá la versión PDF del Suplemento Vitamina C del 28 de febrero de 2010 y leé la nota completa.

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