La guerra del Carbón en Mendoza

Diario LOS ANDES, Mendoza, 15 agosto 2010

Robos al tren: por saqueo se pierden ocho toneladas de carbón

En Perdriel y en Maipú, varios vecinos cortan las mangueras de freno y sacan todo el mineral que pueden hasta que el tren vuelve a arrancar.

Foto Diario Los Andes

La gente también suele poner obstáculos en las vías, para forzar la detención de los trenes. Grandes y chicos se suben después a los vagones, cargados con carbón de coque. (Marcos García / Los Andes)

El 5 de mayo de 2006, el chico Mauricio ‘Mauro’ Morán (14) moría tras recibir un balazo en la abandonada estación de trenes de Perdriel (Luján), cuando se encontraba junto a otros adolescentes y vecinos del lugar robando carbón de coque de un tren que había sido detenido a la fuerza.

Todas las miradas apuntaron desde el principio hacia el policía Cristian Bressán, a quien se lo acusó de haber efectuado el disparo, aunque luego -según el fallo de la Justicia- se determinó que el disparo no había sido efectuado por Morán, éste fue absuelto y la muerte del chico quedó impune.

A más de cuatro años de aquel doloroso y confuso episodio, nada cambió. Los saqueos continúan y en cada uno de ellos los vecinos de esa misma zona roban entre ocho y diez toneladas de carbón -de acuerdo a lo estimado por el abogado de la firma ALL (propietaria de los trenes) Pablo Chesi-, material que luego usan para vender, calefaccionarse y cocinar.

Los Andes constató esta semana -junto a Chesi- que el mecanismo sigue siendo el mismo que salió a la luz aquel fatídico mayo y que esta realidad está lejos de ser contrarrestada.

“La semana que viene nos vamos a reunir con gente del Ministerio de Seguridad y van a venir los gerentes de ALL desde Buenos Aires. No tenemos ninguna alternativa concreta en mente, lo que queremos es que las autoridades nos den alguna alternativa”, destacó Chesi.

Fríamente calculado

De acuerdo a lo planeado, pasadas las 13.30 del martes pasado una formación ferroviaria debería haber partido desde la Destilería (Luján) con dirección a Palmira.

Siguiendo con el cronograma ideal, cerca de las 14 el tren debería haber pasado por la abandonada estación, donde sufre el primero de los dos sabotajes, que ya se han transformado en un clásico.

No sale todos los días, pero -vaya uno a saber cómo-, los vecinos siempre se enteran del momento en que salió de la Destilería. Incluso, algunos hablan hasta de un datero o un informante que le comunica a uno o dos referentes en el momento en que el cargamento de carbón inicia su travesía.

Regresando al martes, por un exceso en la carga, el tren salió casi con dos horas de retraso. Es decir que, en lugar de salir cerca de las 14, lo hizo a las 16.

Sin embargo, en el cruce de la estación Perdriel la gente se alistaba desde minutos antes de las 14, aunque la mayoría también estaba al tanto del retraso, por lo que el movimiento intenso comenzó a sentirse cerca de las 16.10.

“Acá nos conocemos todos, hay uno que es re-rápido y es el que corta con un cuchillo los cables un rato antes y así el tren se para justo en la estación”, destacó A, uno de los chicos que está a la espera del tren, pero que no se acerca “porque mi papá me reta”.

A lo que se refiere este chico es que, cuando el tren está a menos de cien metros de la estación -para esa altura ya disminuyó notablemente la velocidad y no circula a más de 15 kilómetros por hora-, los primeros ‘valientes’ se cuelgan de los vagones y cortan las mangueras de los frenos.

“El tren pierde presión de aire y, automáticamente frena. Y lo calculan siempre para que frene frente a la estación”, aclaró Chesi.

Tal como había sido calculado, a las 16.30 del martes las mangueras de los frenos fueron saboteadas y cuando el reloj no marcaba todavía las 16.40, el tren yacía detenido por completo en el punto exacto. A la deriva de los casi 40 vecinos que lo rodeaban.

A como dé lugar

Para los desesperados vecinos, todo vale. Desde llevar a sus hijos chicos al robo hasta cruzar troncos en los rieles y aflojar los durmientes.

“Durante la noche los aflojan y eso hace que el maquinista no tenga otra opción que disminuir la velocidad. Si viene muy rápido, corre riesgo de descarrilar”, destacó uno de los efectivos policiales que participó del operativo del martes.

Justamente el 22 de junio, un tren descarriló en Maipú -donde tiene lugar el segundo saqueo de cada viaje- y los 46 vagones colmados de carbón volcaron a raíz del sabotaje a los rieles. “Los sindicatos de los maquinistas están muy preocupados y nos lo han dicho. Recién hace unos días les dieron el alta a los maquinistas”, reflexionó el abogado de ALL.

Con respecto al uso final que le dan los vecinos al carbón, son distintas las versiones. Mientras que algunos vecinos destacan que lo usan para calefaccionarse o cocinar, también se habla de un mercado negro de este carbón.

“Acá después lo fragmentan y lo terminan vendiendo a 30 pesos la bolsa”, indicó otro de los vecinos quienes están más al tanto de los movimientos que la propia policía y la gente de ALL.

En cada oportunidad se ven las mismas postales. Gente de todas las edades aguardando que el tren se detenga con picos y palas, otros con los rostros cubiertos que son los que abordan los vagones y van tirando el carbón al costado de la vía y hasta el mismo camión pintado de turquesa -sin chapa- en el que luego se carga una parte de lo recolectado.

Esa escena se mantiene y se repite durante, al menos, una hora que es lo que el maquinista y personal de ALL demoran en hacer arrancar el tren de nuevo. Y luego, la misma historia en Maipú.

El papel de la Policía

En el viejo galpón de la estación, donde hoy viven algunos vecinos, el grafiti es más que claro: “La policía que se haga cargo de la muerte de Mauro (Morán)”.

Desde el triste episodio, la presencia de los uniformados en cada operativo no cae muy bien entre los vecinos, pero estos se deben presentar cada vez que el tren pasa por el lugar.

“Lo que hacen, fundamentalmente, es cuidar al maquinista para que no lo ataquen. Ya que no pueden interceder en el robo, por lo menos busca proteger a quienes guían la máquina”, destacó Chesi.

Y así es el pacto tácito. Mientras que algunos de los vecinos -hombres, mujeres y hasta niños- empujan desesperados los trozos y cascotes de carbón, los uniformados recorren los vagones desde abajo apurando e instando a la gente a que se bajen.

Cuando logran reconectar las mangueras y el tren vuelve a arrancar, los lugareños abandonan los vagones y es el momento de cosechar lo recolectado.

Y también es el momento de volver a casa y seguir con sus rutinas, el momento de los chicos para volver a jugar al fútbol en la calle y de los adultos a sus respectivos quehaceres. Y así será, al menos hasta que un nuevo tren de carbón vuelva a iniciar su trayecto hasta Palmira.

Ignacio De la Rosa – idelarosa@losandes.com.a

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