Estación de vía muerta – Alberto Merlo

El último lustrador ferroviario

Concurso Historias de Vidas Ferroviarias
Rodrigo Javier DEL MONTE (Maipú)

Era una mañana de otoño, del mendocino, el de hojas doradas con fondo azul  del cielo, y el gris penetrante de la montaña, el de aire frío y sol tibio .Según mis cuentas posiblemente haya sido marzo de 1965.

De la mano de mamá  tomamos con decisión la calle Villalonga desde Av. Las Heras hacia el Norte, con rumbo a la oficina de Movimiento del Ferrocarril Gral San Martín, allí estaba mi papá a poco de terminar su tarea.

Mientras ellos dialogaban unos minutos, no alcanzaban mis ojos para contemplar un mundo fantástico, por lo singular, por lo complejo,  hombres de camisa blanca  y fajas negras en sus mangas, teléfonos de pie de bronce y auriculares de baquelita  con soporte amoldados a la cabeza, palabras inentendibles para mí, voces de distintos tonos, gestos nerviosos, ruidos interminables de teclas de la “remington de luxe” o la “olivetti lexicon 80”. Por  los gestos, entendí que debíamos esperar un  largo rato  para irnos juntos. Enntonces atravesamos el jardín, una alfombra verde, que al más puro estilo inglés, era el orgullo del “sapito”, viejo obrero ferroviario.

Ya estábamos de nuevo a nivel de la calle, y fue una gran sorpresa ver como llegaba la dupla del Ferrocarril Trasandino Chileno, moderno, silencioso, de color amarillo y rojo oscuro. En un instante cansinos pasajeros bajaron, tomaron sus equipajes y  arribaron los colectivos que lo esperaban en la salida lateral sur de la vieja y cuidada estación Mendoza, del Ferrocarril San Martín. Fue un instante y sin embargo  cada vez que paso  por ese lugar abandonado, lo recuerdo hasta con los mínimos detalles..

Fue una  postal de un década de oro del  Ferrocarril Trasandino, tal vez una de las últimas oportunidades que tuvo de unir ambos lados de la Cordillera de Los Andes, un avance extraordinario que de haber perdurado sería fantástico con todas las novedades tecnológicas de este presente, que sin embargo no supo o no quiso conservar lo que ya existía.

Ya volvíamos por  la amplia vereda oeste de la gran Estación Ferroviaria, delimitada por un largo cerco de maderas perfectamente colocadas, blancas, de un metro cincuenta de alto aproximadamente, con sus puntas negras y caladas, eran nuestro límite visual. Al terminar la misma, a metros del límite sur de la misma estaba papá con su saco a cuadros, estilo príncipe de Gales, y el diario bajo el brazo, algo inquieto, esperando en la puerta de un negocio.

Se trataba de un  stand de madera, perfectamente acondicionado para sentar a varios caballeros y lustrar sus botas y zapatos, especialmente a los oficinistas ferroviarios ,era el único lustrador de botas de esas características, de toda la provincia de Mendoza.Estaba perfectamente ambientado, con fotografías del inmortal Carlitos Gardel y de legendarias locomotoras a vapor. Mientras se oía un tango de Julio Sosa, papá me subió a la banqueta y pidió que me lustraran mis botines, acompañaba el rechinar de la gamuza el  lento retorno de la dupla ferroviaria que había visto llegar.Para mí la ultima vez que la vería.

Así terminó esa mañana mágica, ferroviaria desde los aromas, hasta los ruidos, desde las voces hasta las imágenes.El cierre de la puerta de un impecable” Siam Di  Tella” de taxi, puso fin al capítulo, uno más de los tantos momentos profundos y significativos que viví en la larga trayectoria laboral de mi padre.

Hoy, octubre de 2005 estoy absorto, frente a las cenizas todavía humeantes, del puesto del lustrador de  ferroviarios, que la desidia  dejó quemar por algunos desaprensivos .La nostalgia y la impotencia se han  apoderado de mi alma esta noche, y el destino me ha jugado una mala pasada a cuarenta años. La noche literal y metafóricamente se han llevado la luz del día, la del trabajo, la del Patrimonio.

Pero al menos no  han logrado  borrar la memoria colectiva de muchos que vivimos esa época y menos aún  de la pasión que hemos transmitido a las nuevas generaciones tal vez ese sea el mejor homenaje a todos los obreros y  empleados que construyeron esa historia.

(Testimonio recogido de vivencias de mi padre)

Un amor sobre rieles

JULIANA FERNANDEZ COLLADO
Concurso de Historias de Vidas Ferroviarias

Cuando somos niños, la gente grande suele preguntar qué queremos ser: superhéroe, modelo, famosa, doctor, maestra; mil y un respuestas basadas en aquella persona por la que sentimos una profunda admiración. Esa persona puede ser mamá o papá, en el caso de esta escritora, yo sentí siempre mucha admiración por mi abuelo.

Fue aquella persona que me enseñó las cosas más importantes de la vida, de la manera mas simple que se pueda pensar, y es por eso que ahora soy yo quien les quiere contar acerca de él. Entre sus enseñanzas siempre me repitió que debía valorar mi educación, él se fue de su casa cinco años para estudiar. Es entonces cuando me planteo, ¿y a mi me cuesta levantarme todas las mañanas para ir? Pero dejando un poco al margen esas historias, quiero contarles aquellas que me inspiran a escribir esto desde el profundo cariño que le tengo.

Por lo tanto, me siento con él en el jardín, y luego de mostrarme muy orgulloso sus parras, compartimos unos mates dulces. Cuando le hice la primera pregunta sobre el tema en cuestión, sus vidriosos ojos parecieron refulgir con un brillo de juventud anhelada.

-¿Te acordás cuando empezaste a trabajar en el Ferrocarril?

-Eso fue hace mucho m’ija, allá por 1945. Las necesidades eran muchas, éramos diez hermanos y cada uno tenía que contribuir con lo que podía. Algunos de ellos se casaban y se iban, pero igual era difícil. El ferrocarril le daba vida al país, a la provincia. Teníamos un chiste personal, entre los compañeros decíamos que “nuestro país va sobre rieles muchachos, y nosotros lo dirigimos”-(risas)- todos cumplíamos un papel importante, el maquinista, el que manejaba el carbón, el inspector.

-¿Viajabas mucho?

-Sí, cumplía un horario estricto y nadie podía desobedecerlo pero después de los primeros meses trabajando, tuve la mejor escusa para trabajar con todo empeño.

-¿Te pagaban más?

-No exactamente, conocí al amor de mi vida.

-¿Conociste a la abuela por el ferrocarril?

-Claro, ella acompañó a su padre un día a buscar a una tía a la estación, yo bajé y desde entonces ya nunca pude quitarle los ojos de encima. Pero por supuesto no era tan fácil, tu bisabuelo era bastante, mmm, malo. No dejaba salir a ninguna de sus hijas, cuando la vi fue por pura casualidad.

>Me acerqué cuando su padre se distrajo y le dije lo lindo que le quedaba aquel vestido que llevaba puesto. Y que al día siguiente volvería a pasar.

-¿Y al otro día se vieron?

-No solo la vi en la estación sino que me saludo, estaba apurada porque se había escapado de su casa, y pronto iban a notar su ausencia. Vos sabes, las cosas no eran como ahora. Había que ser serio y pedirle la mano a mi suegro, yo era quizás muy joven para casarme, pero sabía que ella era el amor de mi vida.

>Vos sos chica y no lo vas a entender, pero sabía que con ella quería pasar el resto de mi vida, ella era mi santuario, donde encontraba alegría, paz, felicidad y sobretodo, me amaba tanto como yo a ella. Me hacía ver las cosas de otra manera, era… mágica. Exactamente la pieza que encaja y completa el rompecabezas de mi corazón.

>Paso el tiempo, y nos casamos.

-¿Y ahí dejaste el ferrocarril?

-No, no para nada. Empezar a formar una familia no es fácil, nos ayudaron un poco, y compramos una casita. Ella empezó a trabajar de celadora, y fuimos poco a poco creciendo. Tuvimos hijos, crecimos, fuimos y somos felices.

-¿Cuándo dejaste de trabajar?

-Me jubilé, mis hijos ya habían crecido y se mantenían por sí solos, yo ya era grande y no me iba del ferrocarril solo, me llevaba muchas cosas. Amigos, anécdotas, mi compañera de alma y, además, muchas lecciones de vida.

-¿Te gustará que vuelva a circular el ferrocarril por el país?

-¿Qué otra cosa podría hacerme más feliz que ver aunque sea solo un ápice de mi juventud? El ferrocarril ayudaba mucho al país, fomentaba la comunicación, hoy con todo eso de la internet esta todo muy avanzado, pero sería una buena opción de transporte tanto de pasajeros, facilitando sobretodo a la clase media y baja, siendo más rápido y económico; como de mercaderías. Haría crecer el turismo interior y claro sería muy vistoso para los turistas.

Luego de reflexionar sobre esta charla con mi abuelo, ver su añoranza al ferrocarril, pienso en que el quizás no este equivocado, el ferrocarril debería volver, pues tendría muchos efectos positivos sobre nuestra querida nación. Haría crecer la identidad nacional, y claro, volveríamos sobre nuestras raíces. Y diciendo esto recuerdo. Una frase que me dijo mi abuelo, “viaja, conoce, pero siempre volvé a tu hogar”, quizás eso necesitamos para mejorar, volver a nuestro hogar.

Resultados de los Concursos de FOTOGRAFIAS y de HISTORIAS DE VIDAS FERROVIARIAS

La Asociación Ferrotur Trasandino cumple en dar conocimiento de los autores y fotógrafos seleccionados en sendos Concursos organizados en Homenaje al Centenario del Ferrocarril Trasandino.

Puente sobre Carril Cervantes, Mayor Drummond. Ramal Vinculación A-12

HISTORIAS DE VIDAS:

Con motivo del homenaje a nuestro patrimonio ferroviario, resultaron seleccionados 3 trabajos que recuperan historias de vidas de trabajadores ferroviarios de la mano de hijos y nietos.

Los trabajos seleccionados, que serán publicados en la web de la Asociación FERROTUR TRASANDINO (https://ferroturtrasandino.wordpress.com) pertenecen a los siguientes participantes: (se indican sin orden jerárquico)

JULIANA FERNANDEZ COLLADO
“Un amor sobre rieles”

RODRIGO JAVIER DEL MONTE (Maipú)
“El último lustrador ferroviario”

NADIM LETICIA MINUZZI (Capital)
“Andenes del tiempo”

FOTOGRAFIAS:

Acta del Jurado:


Mendoza

En la sede Museo Nacional del Vino y la Vendimia, siendo las 17 hs. del día 27 de septiembre de 2010, se convoca al Jurado para el juzgamiento del Concurso de Fotografía “Homenaje al Centenario del Ferrocarril Trasandino y del Patrimonio Ferroviario de Mendoza”.

Se presentana tales efectos la Arq. María Liliana MICHELAN (Municipalidad de Maipú) y en representación de los municipios auspiciantes, el sr. Juan TINELLI, por el FOTOCLUB MAIPU y el museólogo Rubén Darío ROMANI, por la Asociación FERROTUR TRASANDINO, luego de analizar el material presentado a la convocatoria y seleccionar las obras admitidas en general, se determinan los siguientes premios y menciones:

1 Premio: “El guarda”, de Antonio CASTAGNOLO
2 Premio: “Punto de partida hacia destino” de Fernando CARGNELUTTI
3 Premioo: “Ultima estación” de Marcelo GONZALEZ
4 Premio: Olvidos” de Micaela ETCHEGARAY
5 Premio: “La mirada solitaria” de Emiliano ANTUN

El Jurado asimismo estableció las siguientes Menciones (sin órden jerárquico):

“Testigos de hierro” de Fabiana ROBLES
“Casi demasiado” de Débora SANTOS
“Tornillo” de Cristian BAZAN
“Resurgir” de Carolina FONTANA
“1908” de Franco RODRIGUEZ

Mención Biográfica: “testigos del tiempo” de Eva Graciela FLORES
Mención Documento Histórico por “Ferrocarril Trasandino sector electrificado con cremallera” de Dante C. CIVELLI.

La entrega de certificaciones y premios se realizará en la sede de la Secretaría de Cultura del Gobierno de Mendoza, Sala Elina Alba, cita en calles España y Gutiérrez de Ciudad de Mendoza, el día 29 de septiembre de 2010 a las 11 hs.

Con posterioridad se inaugurará una muestra integral del material admitido a Concurso, que por su calidad y valores estéticos y conceptuales, el Jurado considera necesario darlo a conocer a la comunidad en general en una muestra a realizarse en breve y en fecha a definir en las instalaciones del Museo Nacional del Vino y la Vendimia.

Total de fotos recibidas: 49
Fotos ADMITIDAS: 34
Premios 5
Menciones del Jurado 5
Menciones temáticas especiales 2

Siendo las 18:30 hs. se da por finalizado el acto de juzgamiento, firmando los miembros del Jurado a continuación.

Juan TINELLI
FotoClub MAIPU

Rubén D. ROMANI
Ferrotur Trasandino

María Liliana MICHELAN
Municipalidad de Maipú

La guerra del Carbón en Mendoza

Diario LOS ANDES, Mendoza, 15 agosto 2010

Robos al tren: por saqueo se pierden ocho toneladas de carbón

En Perdriel y en Maipú, varios vecinos cortan las mangueras de freno y sacan todo el mineral que pueden hasta que el tren vuelve a arrancar.

Foto Diario Los Andes

La gente también suele poner obstáculos en las vías, para forzar la detención de los trenes. Grandes y chicos se suben después a los vagones, cargados con carbón de coque. (Marcos García / Los Andes)

El 5 de mayo de 2006, el chico Mauricio ‘Mauro’ Morán (14) moría tras recibir un balazo en la abandonada estación de trenes de Perdriel (Luján), cuando se encontraba junto a otros adolescentes y vecinos del lugar robando carbón de coque de un tren que había sido detenido a la fuerza.

Todas las miradas apuntaron desde el principio hacia el policía Cristian Bressán, a quien se lo acusó de haber efectuado el disparo, aunque luego -según el fallo de la Justicia- se determinó que el disparo no había sido efectuado por Morán, éste fue absuelto y la muerte del chico quedó impune.

A más de cuatro años de aquel doloroso y confuso episodio, nada cambió. Los saqueos continúan y en cada uno de ellos los vecinos de esa misma zona roban entre ocho y diez toneladas de carbón -de acuerdo a lo estimado por el abogado de la firma ALL (propietaria de los trenes) Pablo Chesi-, material que luego usan para vender, calefaccionarse y cocinar.

Los Andes constató esta semana -junto a Chesi- que el mecanismo sigue siendo el mismo que salió a la luz aquel fatídico mayo y que esta realidad está lejos de ser contrarrestada.

“La semana que viene nos vamos a reunir con gente del Ministerio de Seguridad y van a venir los gerentes de ALL desde Buenos Aires. No tenemos ninguna alternativa concreta en mente, lo que queremos es que las autoridades nos den alguna alternativa”, destacó Chesi.

Fríamente calculado

De acuerdo a lo planeado, pasadas las 13.30 del martes pasado una formación ferroviaria debería haber partido desde la Destilería (Luján) con dirección a Palmira.

Siguiendo con el cronograma ideal, cerca de las 14 el tren debería haber pasado por la abandonada estación, donde sufre el primero de los dos sabotajes, que ya se han transformado en un clásico.

No sale todos los días, pero -vaya uno a saber cómo-, los vecinos siempre se enteran del momento en que salió de la Destilería. Incluso, algunos hablan hasta de un datero o un informante que le comunica a uno o dos referentes en el momento en que el cargamento de carbón inicia su travesía.

Regresando al martes, por un exceso en la carga, el tren salió casi con dos horas de retraso. Es decir que, en lugar de salir cerca de las 14, lo hizo a las 16.

Sin embargo, en el cruce de la estación Perdriel la gente se alistaba desde minutos antes de las 14, aunque la mayoría también estaba al tanto del retraso, por lo que el movimiento intenso comenzó a sentirse cerca de las 16.10.

“Acá nos conocemos todos, hay uno que es re-rápido y es el que corta con un cuchillo los cables un rato antes y así el tren se para justo en la estación”, destacó A, uno de los chicos que está a la espera del tren, pero que no se acerca “porque mi papá me reta”.

A lo que se refiere este chico es que, cuando el tren está a menos de cien metros de la estación -para esa altura ya disminuyó notablemente la velocidad y no circula a más de 15 kilómetros por hora-, los primeros ‘valientes’ se cuelgan de los vagones y cortan las mangueras de los frenos.

“El tren pierde presión de aire y, automáticamente frena. Y lo calculan siempre para que frene frente a la estación”, aclaró Chesi.

Tal como había sido calculado, a las 16.30 del martes las mangueras de los frenos fueron saboteadas y cuando el reloj no marcaba todavía las 16.40, el tren yacía detenido por completo en el punto exacto. A la deriva de los casi 40 vecinos que lo rodeaban.

A como dé lugar

Para los desesperados vecinos, todo vale. Desde llevar a sus hijos chicos al robo hasta cruzar troncos en los rieles y aflojar los durmientes.

“Durante la noche los aflojan y eso hace que el maquinista no tenga otra opción que disminuir la velocidad. Si viene muy rápido, corre riesgo de descarrilar”, destacó uno de los efectivos policiales que participó del operativo del martes.

Justamente el 22 de junio, un tren descarriló en Maipú -donde tiene lugar el segundo saqueo de cada viaje- y los 46 vagones colmados de carbón volcaron a raíz del sabotaje a los rieles. “Los sindicatos de los maquinistas están muy preocupados y nos lo han dicho. Recién hace unos días les dieron el alta a los maquinistas”, reflexionó el abogado de ALL.

Con respecto al uso final que le dan los vecinos al carbón, son distintas las versiones. Mientras que algunos vecinos destacan que lo usan para calefaccionarse o cocinar, también se habla de un mercado negro de este carbón.

“Acá después lo fragmentan y lo terminan vendiendo a 30 pesos la bolsa”, indicó otro de los vecinos quienes están más al tanto de los movimientos que la propia policía y la gente de ALL.

En cada oportunidad se ven las mismas postales. Gente de todas las edades aguardando que el tren se detenga con picos y palas, otros con los rostros cubiertos que son los que abordan los vagones y van tirando el carbón al costado de la vía y hasta el mismo camión pintado de turquesa -sin chapa- en el que luego se carga una parte de lo recolectado.

Esa escena se mantiene y se repite durante, al menos, una hora que es lo que el maquinista y personal de ALL demoran en hacer arrancar el tren de nuevo. Y luego, la misma historia en Maipú.

El papel de la Policía

En el viejo galpón de la estación, donde hoy viven algunos vecinos, el grafiti es más que claro: “La policía que se haga cargo de la muerte de Mauro (Morán)”.

Desde el triste episodio, la presencia de los uniformados en cada operativo no cae muy bien entre los vecinos, pero estos se deben presentar cada vez que el tren pasa por el lugar.

“Lo que hacen, fundamentalmente, es cuidar al maquinista para que no lo ataquen. Ya que no pueden interceder en el robo, por lo menos busca proteger a quienes guían la máquina”, destacó Chesi.

Y así es el pacto tácito. Mientras que algunos de los vecinos -hombres, mujeres y hasta niños- empujan desesperados los trozos y cascotes de carbón, los uniformados recorren los vagones desde abajo apurando e instando a la gente a que se bajen.

Cuando logran reconectar las mangueras y el tren vuelve a arrancar, los lugareños abandonan los vagones y es el momento de cosechar lo recolectado.

Y también es el momento de volver a casa y seguir con sus rutinas, el momento de los chicos para volver a jugar al fútbol en la calle y de los adultos a sus respectivos quehaceres. Y así será, al menos hasta que un nuevo tren de carbón vuelva a iniciar su trayecto hasta Palmira.

Ignacio De la Rosa – idelarosa@losandes.com.a

TRENES, un cuento de Osvaldo Soriano

Siempre me vuelven a la memoria aquellos viajes en tren que cambiaron mi vida. Eran viajes lar­gos y rumorosos, con sándwiches de milanesa y limonadas caseras. Ahí vamos, mi madre y yo vestidos de Domingo en el vagón de segunda. Mamá lleva un pañuelo azul al cuello y la mirada puesta en la ventanilla sucia. Yo voy de pantalón corto y es posible que lleve un pulóver marrón con los codos zurcidos. No sé a qué le temo ni en qué piensa mi madre.

Cae la tarde y el sol se esconde en el horizonte. Mi padre ha partido meses antes a ocupar su cargo en una oficina de Río Cuarto. Muchos años después, al escribir estas líneas, releo una carta que le mandé a los nueve años: “Querido papá: a mami ya le sacaron la benda y yo me estoy haciendo una onda, la goma me la trajo del regimiento el señor Limina. Ya tenernos camionero, es Jamelo, mandá plata. Como estás por allá? Asfaltan calles? acá no, Fernandino viene siempre entre las 10 o 10 y media. Voy al cine cuando quiero y me levanto a las 10. Esperamos ir con vos, termina la casa. Besos chau”. Y al margen, como posdata: “El gatito está atado”.

Algunos errores de sintaxis, la be de benda y los acentos que faltan. Una caligrafía rumbosa que mi padre conservó hasta el final entre sus papeles. El chico de la carta es el que viaja con su madre en un tren que culebrea y se detiene de tanto en tanto a reponer agua y carbón. Una locomotora negra, con humo negro, igual que esa a pilas con la que ahora juega mi hijo. Perón la ha pagado como si fuera nueva y lleva el escudo nacional. Me pregunto: ¿por qué está atado el gatito? ¿Qué venda le han sacado a mi madre? ¿Quién es Jamelo? ¿Por qué me preocupa tanto el asfalto de las calles?

Mi madre ya no se acuerda del gatito. Con más de ochenta años se le confunden los trenes. Había tomado el primero en Pamplona, cuando era chica, y siguió aquí, en esta tierra inmensa, detrás de mi padre. Al Norte, al Sur, a la sierra, al mar, mamá subió a todos los trenes. Me dice, escondida en una montaña de recuerdos difusos, que Jamelo era el de la mudanza y se lleva la mano a la frente donde todavía tiene la marca de aquella herida. Un barquinazo con el jeep de Obras Sanitarias, de eso me acuerdo bien. Mi padre siempre agarraba los pozos más grandes y en aquel de San Luis mi madre dejó la lozanía de su cara española. Sangraba y no podía entender qué le había pasado. Mi viejo la cubrió con un pañuelo y manejó kilómetros y kilómetros maldiciendo todos los pozos que Dios ponía en su camino. En un hospital le colocaron esa venda que ya le han sacado en mi carta.

Manejaba mal, mi viejo, pero él nunca lo admitió. Una vez me atreví a decírselo en una curva, camino de Rauch. Frenó el coche en un pastizal y me dijo que bajara a pelear. Era así. Se enfrascaba en sus pensamientos y olvidaba la ruta. Entonces mi madre se sentía feliz de subir al tren justicialista. No le importaba que pasáramos días y días en aquellas butacas de madera durmiendo sobre una frazada. A la noche, cuando el tren se paraba en cualquier parte y los señaleros caminaban junto a la vía sin dar explicaciones, abría un paquete hecho con una caja de zapatos y todos los pasajeros se daban vuelta para sentir el aroma de nuestro pollo relleno. Tenía que durar hasta el final del viaje y lo administraba con un rigor de campesina. Mientras comíamos me contaba escenas de Lo que el viento se llevó y de postre las películas del Gordo y el Flaco. Entonces reía y los hacía correr perseguidos por un fantasma o subir un piano inútil a un segundo piso equivocado. El tren arrancaba a los tirones y después se paraba en una estación de mala muerte. Recuerdo que en ese viaje, o en otro, subieron a un boxeador noqueado y con los guantes todavía puestos, que mientras dormía narraba su propia derrota. Mi madre le mojó los labios con un pañuelo. El entrenador llevaba sombrero, tirado­res y una boquilla, pero se le habían acabado los cigarri­llos. Cada vez que mamá se inclinaba a auxiliar a su amigo el tipo se sacaba el sombrero y rogaba a Dios que se despertara para la próxima pelea.

Una vez que hicimos noche en un hotel de Bahía Blanca tardé en dormirme y entreví la desnudez de mi madre bajo la ducha. Al día siguiente, en el expreso a Neuquén, le pregunté qué era esa cosa negra que tenía ahí. Me miró y durante un rato movió los labios sin hablar. Por fin dijo: “Un hormiguero”, y ésa es la única cosa textual que recuerdo de nuestra charla. Yo tenía cuatro o cinco años y ella todavía no llevaba la huella en la frente. Una vez le escuché decir que querían adoptar un hermanito para mí. La odié y odié a mi padre hasta que me preguntó si quería un hermano de regalo y yo me puse a llorar. Pero eso fue mucho más tarde, entre el rápido a Río Cuarto y el expreso a Cipolletti.

Ahora creo que vamos rumbo a San Luis y en un lugar penumbroso suben dos mellizos vestidos de azul, con una valija inmensa. Al rato uno abre la valija y de adentro sale un enano. No necesitan boleto. Los tres son, le informan al guarda, electores de Perón. Los que el pueblo votó para que votaran por Perón. En casa, el General era mala palabra pero ahí, de noche y a los cimbronazos, estallan aplausos y el enano levanta los brazos subido a un asiento. Alguien, atrás, empieza a vociferar “aquí están/éstos son/los muchachos de Perón”. Uno de los mellizos se sienta al lado de mi madre y enseguida le saca un piropeo de versos floridos. Ella se levanta en silencio, indignada, con la cicatriz que le cruza la frente, y me arrastra al pasillo. “Éste es mi hijo”, le dice al guarda mientras me pone la mano sobre un hombro, “y en este tren, como manda el General, los únicos privilegiados son los niños”. Me parece mentira que lo diga ella, pero el de uniforme se pone duro como un mástil y el enano deja de gritar. Después todo pasa muy rápido. En la siguiente estación sube la policía y se lleva a los electores a empujones. Un gordo engominado se acerca a mi madre y se disculpa en nombre del ferroca­rril: los privilegios de los niños alcanzan a las madres, dice y suda a mares mientras su mano grasienta me acaricia la cabeza. Parece asustado y nos ofrece pasar al vagón de primera.

Esa fue la única vez que viajamos en asientos mullidos. Mi madre se recuesta y cierra los ojos. Ahora veo: el gatito está atado a una silla, enredado en un ovillo de lana. Dormía en mi cama como ahora otro duerme junto a mi hijo. A veces yo era el Corsario Negro y él el Corsario Rojo que iba a morir en el cadalso. Era negro y blanco con un morro fino y una paciencia infinita. Una noche no volvió, la siguiente tampoco y a la tercera empezamos a llorarlo. Nos había acompañado en otros trenes, aterrado por el encierro y el ruido. Venía del asfalto de Mar del Plata y tal vez sufría los calientes desiertos puntanos. ¿Sueña con eso mamá cuando duer­me esa noche en el tren? ¿Sueña con su aldea de Navarra? ¿Con la voz de Magaldi? ¿Con los bailes en Barracas cuando era joven y trabajaba en la fábrica de medias? En la larga espera de una estación desconocida, esta vez rumbo a Tandil, habla de ella: años atrás un tal Fermín Estrella Gutiérrez le ha escrito versos de amor, dice. Era elegante y gentil aquel poeta de sonoro apellido. Qué más, me pregunto ahora: ¿qué otros sueños? ¿Más pra­deras y distancias? Tal vez la pensión de la calle Brasil, a una cuadra de donde vivía el Peludo Yrigoyen. La estación Constitución donde desembarcamos por prime­ra vez, yo intimidado por la inmensa avenida y ella feliz con su sombrero de paja bajo el sol.

Trenes de madera, de fierro, de juguete. Resaca inglesa y vivezas criollas. Van peones deportados, viajan­tes medrosos, boxeadores noqueados, antiguos electores de Yrigoyen y Perón. Ahí va Gardel que todavía no es Gardel. Viene Eva, que todavía no es Evita. Sube su moto un chico que todavía no es el Che. Todos duermen, igual que mi madre. Van a la deriva del destino. A cara o cruz. Aunque nunca hablemos de los sueños, es en ellos donde alguna vez somos enteramente felices. Mientras ruge la locomotora y crujen las maderas de aquel vagón justicialista.

Monte Comán cumple el domingo 120 años de vida

Diario SAN RAFAEL (14 ago 2010)

El ex pueblo ferroviario está de fiesta

Monte Comán cumple el domingo 120 años de vida

A pesar de todas las vicisitudes que esta comunidad ha vivido a lo largo de sus 120 años, especialmente a partir de la partida del ferrocarril que prácticamente provocó el desarraigo de centenares de familias, Monte Comán está resurgiendo de las cenizas. Desde aquel lejano 1890 cuando esta localidad plantó la primera estaca para vencer al famoso “Desierto de Comán”, inmortalizado en varios escritos, el distrito supo de horas de bonanzas, pero también de tristezas.

De aquellos días felices cuando Monte Comán era un pueblo ferroviario de la A la Z, por sus trochas y por la vieja estación pasaron miles de trenes cargando la riqueza sanrafaelina hacia el puerto, y de aquella congoja cuando todo lo que consiguió durante casi 80 años de rieles lo perdió en pocos días por el capricho y deslealtad del universo privatizador de los años 90.

Por eso, el domingo Monte Comán cumple 120 años de existencia y para ello ha organizado una serie de actos, que darán comienzo el sábado a las 14 en el predio del Gaucho y La Esperanza, donde tendrá lugar una jineteada, cuyo valor de entrada será un alimento no perecedero y cuya recaudación será destinada a la escuelita del paraje La Horqueta. Para el domingo se ha previsto a partir de las 9 el izamiento de la enseña nacional y el descubrimiento de una placa recordatoria en la Rotonda Oeste.

De adorno. Así quedaron las máquinas ferroviarias que alguna vez le dieron vida a Monte Comán y a varias ciudades del Sur provincial. Foto: Diario UNO

MAS INFO sobre MONTE COMAN:

https://ferroturtrasandino.wordpress.com/2009/12/07/monte-coman-ex-pueblo-ferroviario/

PUEBLO DE UNA CALLE SOLA
Hugo Fernández Panconi


Vereditas de tierra,

de tierra la sola calle

y al caer la tardecita

también es de tierra el aire.

El calor como el silencio

ondula allá en lo profundo

y la acequia va juntando

sombritas de acernegundo.

Chocos de cuatro colores

ni ladran de puro hastío

y la ropa en los alambres

funde cielo con baldío.

Donde muere la calle

asoman las vías muertas

llora el viento en las bisagras

de una loca y ciega puerta.

Nadie nunca parte,

no hay donde llegar

como el tiempo lo atraviesa

así hay que nomás pasar…